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Cuentos

Como la vida misma

Algunos charlan en grupo, otros dispersos y absortos en su mundo; algunos hacen movimientos articulares, otros, sombra; Un grupo se coloca las vendas; también están aquellos que esperan listos a que comience el trabajo. Sus ojos revelan sus sentimientos, una conjunción de alegría, pasión y miedo, miedo a ser golpeados o ridiculizados, miedo a perder. La segunda mitad del entrenamiento consta de hacer guanteo, poner a prueba sus habilidades y dejar expuestas sus debilidades frente a otro. Un otro que, a diferencia de un saco, es alguien que se mueve, te observa, te engaña, te contragolpea. No hay violencia, pero sí agresividad; es decir, te pueden lastimar la nariz y el ego.

Con el devenir de los trabajos, la sed de adrenalina crece. En cierto modo se mezcla el no querer hacerlo con el hambre de asumir el riesgo.

Controla la distancia

No tan cerca, pero en cierto modo, no tan lejos. No tan cercano para recibir daño, pero por otra parte, no tan alejado para evitar conectar. Establece una posición en la que puede gobernar, que asimismo le permite entrar y salir a tiempo; todos los oponentes son diferentes, tienen sus peculiaridades, de manera que el tipo de distancia depende de su oponente. Observa su alcance de brazos, su velocidad, sus movimientos, qué tipo de golpes pretende tirar. El volado es un golpe engañoso, destructor. Alguien que sabe engañar y conectar un volado probablemente te destruya. Es decir, hay oponentes a los que no le conviene acercarse demasiado, pero por el contrario, hay otros a los que se acerca a intercambiar. Intercambiar a corta distancia le permite hacer daño; no siempre lo lastiman; también él lo hace: “Everybody hurts”.

Mantiene el ritmo

Se siente su música, pero no se escucha, es una especie de metrónomo, nadie la oye, pero está; es el pulso de la vida; es muy difícil que se mueva de acuerdo a ese pulso; como un guitarrista que escucha la batería, sigue ese pulso para acentuar las notas, establecer silencios o subdividir sabiamente los espacios en busca de armonía. Entra en el pulso justo, conecta, sale, pivotea, tiende un señuelo y sale indemne. Si no lo hace, irá a contratiempo, sin gracia, recibiendo golpes. En cierto modo, como cuando no escuchamos, hablamos mucho o no decimos nada.

Respira

Respira y conserva el aire, de ahí que conecte con el pulso; si no respira adecuadamente, no mantiene el ritmo y, asimismo, tampoco podrá cambiar el ritmo deliberadamente. La respiración es su metrónomo interior, que además conecta con un reloj superior. Si subestima el pulso, como tamborilero principiante, entrará cruzado a la cuerda.

No se apresura

¿Cómo tomar decisiones si no sabe qué hacer?
Conforme al devenir de la pelea, mantiene la atención; retrocede, se acerca, se desplaza, mira los brazos del rival, sus hombros, sus flancos descubiertos, mueve su cabeza para evitar el cálculo de su posición, amaga y observa qué hace frente a los amagos. Esto impacienta al rival y despierta su ansiedad por atacar. Concomitantemente, registra la posición de la mano fuerte del oponente; es consciente de su peligrosidad, ya que en cualquier instante puede salir despedida. Por otra parte, baja el eje de su tronco; coloca el pie trasero en punta para utilizarlo como un resorte para desplazarse y volver rápidamente. Se acerca para ofrecerle su distancia; sin embargo, es un cebo para contraatacar. Es paciente, estudia el terreno, reúne información, puesto que sin ella, sus decisiones serán arbitrarias, malgastará su energía, estará expuesto. No conviene llegar a un sitio y comenzar a hablar de temas íntimos y profundos; por lo general, saludamos, escuchamos, mencionamos temas de conocimiento de interés general, nada personal. Seguidamente, prestamos atención al interlocutor, a cómo responde, cómo reflexiona, hasta lentamente estrechar vínculo con lo esencial.

Mira a los ojos

Sabe que sus brazos, sus hombros y sus pies mienten, pero no sus ojos; ahí está la verdad. Si logra leer su mirada, tendrá el mapa del futuro; desviar la mirada de sus ojos significaría caminar a tientas. No le es sencillo mirar a los ojos; conocer su verdad le duele, pero no tiene otra alternativa si quiere anticiparse. Mantener esa mirada, además de ubicar al resto de los elementos, también representa una dificultad; como el guitarrista que mira a los otros músicos, pero sabe que para ello tiene que mover su mano izquierda sin mirar el diapasón. Nadie dijo que es tarea de un día.

Aprovecha el momento

Habiendo realizado la investigación y sabiendo cómo el oponente responde a sus estímulos, ejecuta su plan con la precisión de un cirujano. Entra, realiza el trabajo y se retira. Así no es alcanzado por su contragolpe. Si su trabajo no es bueno, deja en evidencia su estrategia con el rival, cada intento fallido es materia prima en su contra. Por eso elige el momento exacto confiando en sus habilidades. Tampoco sabe cuántas oportunidades va a tener antes de estar exhausto, antes de que termine el round.

No se enoja

Su templanza es determinante; si su ira aumenta, hará lo propio su temperatura. El ritmo y la respiración son el líquido refrigerante. No es personal; nadie le hace daño, simplemente hacen daño, ya que quieren ganar; hoy será con él, mañana con otro. Mantiene equilibrada su temperatura, con ella su respiración y con su respiración, su pulso. Si cuenta con resto para enojarse, cuenta con resto para pelear, observar, recalcular y seguir intentándolo.

Cuida su guardia

No la sube ni la baja arbitrariamente; escoge el momento de activarla. No está en todo momento a la defensiva, ya que asumiría un gasto enorme; ahora bien, tampoco la subestima para quedar expuesto. Como el guitarrista que aprieta la mano contra las cuerdas si necesita sonar los acordes y luego afloja, estar rígido le significaría hacerse daño. Asimismo, su guardia baja mejora la visión ya que quita el obstáculo. Estar todo el tiempo a la defensiva no nos permite ver con claridad.

No está rígido

“Be water, my friend”. No está estático; su defensa proviene del conocimiento, de su distancia, no de su rigidez; por eso afloja sus músculos y confía en su habilidad; recibir golpes sobre una superficie rígida aumentará el riesgo de partirla.

Los golpes lo hacen dudar

No tuvo camino fácil; cada fuerte golpe recibido lo desveló, puso en duda su continuidad, dudó si era capaz, competente, si esto era para él. En su camino hubo la tentación de abandonar. Sin embargo, fueron esos momentos los que también lo hicieron pensar en nuevas maneras de mejorar. ¿Por qué recibió ese golpe? ¿Qué no hizo bien? ¿A qué no le prestó atención? ¿Cómo debería hacerlo la próxima vez?

Le devolvieron la humildad

Esos golpes no fueron solo malos; en la duda sopesa la humildad; la soberbia no se cuestiona. Reconocerse vulnerable, saber que falló, que tomó malas decisiones, que debió hacerlo mejor, le despertó compasión. La compasión a los otros, a todos aquellos que en algún momento flaquearon su fe. Por eso bendice cada golpe que lo hace verse humano, imperfecto, débil. Necesita seguir aprendiendo, porque cualquier oponente lo puede derrotar. En su propia derrota, habita la grandeza de estar sobre la tierra, de ser humus, de practicar la humildad.

Se divierte responsable

Si ignora, toma malas decisiones; si no comprende, difícilmente llega a divertirse, porque no vive solo de la frustración y el error. Su divertimento proviene de un conocimiento profundo, fruto del proceso, no del atajo para ganar. Es agua porque fue piedra; goza porque sintió dolor, gana porque perdió. Pero hizo prevalecer su pasión, su hambre; no se dio por vencido; por eso conoció el goce, fruto de conocerse a través de la disciplina, conocer sus limitaciones, sus fortalezas y debilidades. Así fue estratega, responsable y guerrero.

Pierde

En el ring, acaso como en la vida, pierde la pelea el que no se levanta, el que no propone, el que no va al frente, el que sucumbe frente a la incomodidad. Y también pierde el que no escucha, el que no observa, el que no intenta comprender, el que subestima la disciplina, el que solo busca atajos, el que teme a sus debilidades y abusa de sus destrezas, pierde la pelea el que abandona.

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